16 ene. 2012

[Oneshot] Tainted Love

Titulo: Tainted Love
Autor: Vi-Chan
Pareja: SuJae
Género: Lemon

…A veces siento que debo huir, que debo escapar del dolor que me causas. Todo parece esparcirse en la nada. He perdido mis esperanzas, solo me doy la vuelta, no he podido conciliar el sueño por las noches. Una vez corrí hacia ti, ahora solo intento escapar de este vil amor…



Fui despertando lentamente, no sabía cuando me había quedado dormido, pero sentía un curioso mareo. Abrí mis ojos encontrándome con la total oscuridad.

Mis ojos estaban vendados.

Intenté retirar la prenda que me cegaba pero no pude, mis manos se encontraban sobre mi cabeza, atadas a la cabecera de la cama. Tire y tire intentando soltarme pero fue inútil, solo termine lastimando mis muñecas. El terror empezaba a invadir mi cuerpo, qué demonios es lo que estaba sucediendo!? En donde estaba!? Porque estaba atado!?

Intenté gritar, pero también fue inútil, la mordaza ahogaba mis gritos y las lágrimas empezaban a mojar la venda, que demonios pasaba?

Escuché una puerta abrirse y cerrarse, y luego de eso, pasos acercarse a mí. Yo seguía inútilmente intentando soltarme, pero detuve todo movimiento al sentir unas manos acariciar los costados de mis piernas, subiendo hasta mis caderas y seguir el rumbo hacia mi cintura, inmediatamente empujé al extraño con mis piernas, dándole una fuerte patada que lo hizo caer sonoramente contra el piso de madera.

En menos de lo que pude imaginar, el ya se había puesto de pié y volteó mi rostro con una cachetada, dejando mi mejilla con un terrible ardor, haciéndome sollozar más fuerte.

Se sentó sobre mí, aprisionando mis piernas, evitando otro golpe como el anterior y pude escucharlo bufar con una sonrisa burlona, no la veía pero sabía que estaba ahí.

Sentí cómo su mano acarició mi rostro, retirando lentamente la venda y descubriendo ante mí una gran habitación de negras paredes, rojas y aterciopeladas cortinas sobre una enorme ventana y una cama de sabanas de seda igualmente negras, la habitación estaba prácticamente oscura, estaba únicamente iluminada por la tenue flama en la chimenea, haciendo que el rostro de mi opresor brillara en tonos naranjas, como si de un diablo se tratase.

Mis ojos casi se salieron de sus cuencas al notar quien era él. Lucía perverso, con esa mueca lasciva en su rostro. “Sorprendido? No deberías estarlo” susurró acercándose a mi rostro, haciendo que instintivamente volteara este.

Volvió a bufar. “Sé perfectamente que lo disfrutas tanto como yo, deja de fingir” susurro a mi oído, haciendo que cerrara mis ojos y me estremeciera un poco.

Maldito.

Volvió a esbozar esa sonrisa al ver mi reacción. Se levantó y se dirigió hasta su escritorio, tomando algo brillante de él. Sentí el miedo recorrer mi cuerpo cuando se volvió a acercar a mí y logré divisar lo que era.

Él sostenía un filoso cuchillo, lo alzó y miró por unos segundos, antes de devolver su mirada a mí. Dio unos pocos pasos y se sentó en la cama, abriendo mis piernas por mis rodillas, y situándose entre las mismas.

Acercó el cuchillo a mi rostro y pasó el filo por mi mejilla, lo suficientemente fuerte para aterrarme, pero lo suficientemente delicado como para no herirme. En ese mismo instante mi corazón empezó a latir como loco. Qué demonios pasaba por su retorcida cabeza!?

Tomo la camisa de mi pijama y la alzó solo un poco, empezando a cortarla con el filoso objeto, dejando mi pecho descubierto, y lanzando rápidamente el cuchillo lacia la pared, quedando este clavado en la madera. Mis ojos siguieron el recorrido del cuchillo y rápidamente volvieron a él.

Sus manos comenzaron darle caricias a mi abdomen que hacían que mi respiración se entrecortara, subiendo lenta y tortuosamente hasta mi pecho, pasando por una curiosa cicatriz en forma de X que se encontraba justo en medio de este. Otro de sus regalos.

Cerré mis ojos, tragué fuertemente y luego mordí mi labio inferior, sus caricias eran deliciosas, sus manos acariciaban cada extensión de piel expuesta sin pudor alguno y un pequeño gemido se escapó de mi garganta al sentir la punta de su lengua jugar con uno de esos botoncitos rosa oscuro.

Abrí mis ojos y lo miré. Lucia endemoniadamente sexy, como siempre, maldita sea.

Sonrió divertido al escucharme gemir y continuó lamiendo, para luego ir subiendo lentamente hasta mi cuello, el cual lamio y mordió a gusto, pasando por el lóbulo de mi oreja enviando corrientazos de placer por mi cuerpo y yo no paraba de maldecirlo mentalmente.

“Prometo que esta vez no dolerá…” susurró a mi oído. “…no mucho”

Se incorporó y vi que tomo una larga aguja de la mesita de noche y una extraña pinza con la punta en una forma triangular, con la cual ya estaba más que familiarizado.

Mierda.

Volvió a acercar su rostro a mi pecho, el derecho para ser más específico y jugó un poco más con este, haciendo que mi pezón se irguiera y se alejó de él. Con esa maldita mueca me miró de nuevo, sacando su lengua por la comisura de su boca y arqueando las cejas.

Tomó la pinza y apretó mi pezón fuertemente, haciendo que un grito ahogado por la mordaza se escuchara a duras penas. Puso el seguro de la herramienta y tomo la aguja, la esterilizó con un algodón humedecido en alcohol, lo supe por el aroma, y la acercó a la punta triangular de la pinza, la cual aprisionaba esa sensible área.

Cerré fuertemente mis ojos y otro grito se escucho cuando la aguja atravesó esa sección de piel, tomó una pieza pequeña y del color de la plata de donde tomó los otros instrumentos y, sacando la aguja, la insertó en la herida.

Abrí mis ojos y observé borrosamente cómo terminaba de enroscar la bolita de la pieza, quitándole el seguro a la pinza y lanzándola en la mesa de nuevo, junto la aguja.

“Listo…” dijo. “No fue tan malo, o si?” sonrió maliciosamente.

Yo lo fulminaba con la mirada y observé lo que había hecho, había perforado esa zona, colocando un brillante piercing color plata, haciendo juego con el que ya tenía en mi otro pezón, el cual él mismo había hecho hace un año atrás.

Desgraciado sadomasoquista.

Observó mi cuerpo semi desnudo y se mordió el labio, se levantó de mí y se recostó a mi lado, yo lo miraba con los ojos completamente abiertos, atento a sus movimientos, mientras sentía el corazón en la garganta.

Con él nunca se podía estar seguro, si alguien le pagaba lo suficiente, era más que seguro que la foto de mi cuerpo sin vida aparecería en las últimas páginas del diario al día siguiente.

Volvió a acariciar mi rostro, clavando sus oscuros ojos en los míos, y su caricia fue descendiendo por mi cuello, pasando por la reciente herida la cual se encontraba especialmente sensible y bajando hasta llegar al borde de mis shorts.

Recorrió todo el borde de ellos con la yema de sus dedos acelerando mi respiración y haciendo que humedeciera mis labios, sus caricias siempre fueron sensuales, deliciosas, adictivas. Lo odiaba. Lo odiaba con todas mis fuerzas. Lo odiaba porque no podía vivir sin él. Lo odiaba por tener el poder de hacer conmigo lo que le placía. Porque cuando más intentaba huir y alejarme, sus caricias me hacían prisionero, sus ojos me llamaban, me hipnotizaban, me hacía delirar.

Lo odio.

Sus manos bajaron un poco más, acariciando entre mis piernas el mas que obvio bulto que ahí se encontraba, con nada más que la tela de por medio. Aspiré fuertemente cerrando mis ojos, ya empezaba a ceder ante él. Realmente ya había cedido a penas quitó la venda de mis ojos y vi ese rostro frente a mí. Ese rostro que fácilmente podría pertenecer a un ángel, pero lo poseía el peor de los demonios. Ese rostro que me cautivaba, ese rostro que había sido testigo de las peores obscenidades y los más sangrientos pecados.

“Abre los ojos…” susurró y su aliento embriagador chocó contra la piel de mi rostro, e inmediatamente los abrí y se volvieron a posar en él. Era increíble como mi fuerza de voluntad desaparecía por completo cuando él si quiera posaba sus ojos en mí.

“Vez que si te gusta,” dijo burlonamente. “ya estas duro…” dijo mirando hacia abajo, hacia donde su mano se encontraba segundos atrás y se levantó de la cama, quitándose la corbata, la camisa y desabotonando sus pantalones blancos. No pude evitar recorrer su torso descubierto, su cuerpo era como el de esas estatuas de dioses de la mitología griega, era perfecto, musculoso y sensual. Lo maldije mil veces más.

Terminó de desvestirse y bruscamente me despojó de las pocas prendas que aun cubrían mi cuerpo. Mis ojos se aguaron al verlo acercarse de nuevo a mí, sabía lo que vendría, y yo intentaba con todas mis fuerzas mantener mis piernas cerradas, pero él era muchísimo más fuerte que yo y las abrió fácilmente, penetrándome bruscamente sin siquiera haberme preparado correctamente volviendo a arrancar un gemido de mi garganta, mis ojos lo veían, no podía ni cerrarlos, el no me lo permitía, y mi espalda se arqueó ante el súbito movimiento.

Comenzó a embestirme lento, pero fuerte, y sus manos se encargaban de recorrer mi cuerpo completamente y yo empezaba a perder la cabeza. Se me hacía difícil el respirar y pude sentir mi sangre arder y subir a mi cabeza. “Maldito” dije entre gemidos mordiendo con fuerza la mordaza.

El tomó el piercing recién hecho y lo torció un poco, haciéndome gritar nuevamente, el dolor se mezclaba con el placer y mi vista se volvía borrosa. Sentí de repente la mordaza aflojarse y parpadeando alejé la nube que cubría mis ojos.

Él tenía razón, disfrutaba todo esto tanto cómo él, pero por la misma razón es que deseaba alejarme de su lado, esa atracción que sentíamos era enfermiza, no era para nada sana. Adorábamos hacernos daño, herirnos para luego olvidarlo todo en la cama. Pero jamás lograba hacerlo, mi cuerpo se volvía sumiso ante sus caricias. Cuando pensaba que tenía el suficiente coraje, venía y me hacia delirar como esta noche.

Retiró por completo la maldita cosa de mi boca, mientras continuaba con sus deleitantes y lentas embestidas, acariciando descaradamente mi miembro haciendo que todo fuera más difícil para mí.

“P-por favor…” suspiré. “No me toques más, no soporto la forma en que juegas conmigo.” Valientemente dije y el simplemente bufó, pasando su mano por detrás de mi cabeza y halando con rudeza de mi cabello y aumentando considerablemente la velocidad de sus embestidas.

“Ahh… por favor…” supliqué entre gemidos pero él me silenció con un rudo y desordenado beso.

“Cállate.” Ordenó entre el beso y yo simplemente hice caso.

Si sus caricias me volvían loco, pues sus besos me terminaban de volver autista!

Sus labios eran carnosos y completamente deliciosos, sus besos variaban entre lo sutil y lo grotesco, y el sabor de su boca era simplemente adictivo. Nuestras lenguas danzaban de boca en boca, intentando respirar con dificultad, el beso fue aumentando más y más de intensidad, al igual que sus movimientos. Intenté inútilmente soltar mis manos una vez más, pero porque quería tocarlo, deseaba acariciar su suave piel, quería hacerlo sentir lo mismo que me hacían sentir sus manos. Necesitaba sentirlo. Tomarlo entre mis brazos. Apretar sus hombros y unirlo más aun a mi cuerpo.

Más y más gemidos eran escuchados por la habitación, todos provenientes de mi boca, y más salieron cuando abrí mis ojos de repente, con la respiración entrecortada y miré el techo de la cama.

El maldito había colocado un espejo de las mismas dimensiones de la cama, dejándome atónito y completamente excitado al ver nuestros reflejos en él. Podía ver su espalda, en si todo su cuerpo, moverse sensualmente sobre el mío, mis piernas alrededor de su cintura presionándolo contra mí y vi mi rostro. Mi rostro en completo éxtasis.

A través del espejo, vi como alzó una de sus manos, desatando el lazo que aprisionaban las mías, dejándolas libres e inmediatamente lo abracé por el cuello, hundiéndolas en su cabello y tirando de él.

“Te odio, maldito desgraciado” dije aun tirando de su cabello, con el rostro serio y el ceño fruncido. El sonrió, lamiendo su labio inferior, pasando luego a morderlo.

“Si me odias como dices,” dijo y me embistió fuertemente haciéndome gemir.

“Cómo es que,” volvió a embestirme más fuerte aún.

“Gimes de placer?” dio otra fuerte embestida.

“Tu cuerpo me dice lo contrario Jaejoong” otra embestida más.

“Sabes que lo quieres, lo deseas,” otra embestida. “lo anhelas…”

Me embestía fuertemente con cada oración y yo simplemente gemía sin pudor alguno. El tenía toda la razón, lo deseaba, cuando lo veía lo deseaba, y cuando no lo tenía cerca lo anhelaba. Era como una obsesión, una necesidad, una atracción enfermiza que se encontraba entre el amor y el odio.

“… o quieres que me detenga?” preguntó bajando la intensidad, haciéndome sentir frustrado y odiándolo con más ganas.

“No…” dije inmediatamente “no… Junsu”

Sonrió complacido ante mis palabras y volvió a darme una fuerte embestida que hizo que mi espalda se arqueara. “Si... Ahhh…” volví a gemir y el comenzó a besar mi cuello, pasó sus brazos por debajo de mi espalda tomando mis hombros y empujándose con más fuerza dentro de mí.

Mis brazos lo aprisionaban contra mi cuerpo, y mis uñas se enterraban en su piel dejando rojas marcas por toda la extensión de su espalda al mismo tiempo que dejaba escapar mi nombre en gruesos gemidos.

Me levantó de repente y me sentó en sus piernas, abrazando mi cuerpo y empujándome contra él. Mi cuerpo rebotaba repetitivamente contra el suyo y nuestras respiraciones chocaban, eran rápidas, entrecortadas y desesperadas. Mi miembro se encontraba presionado entre nuestros abdómenes proporcionándome una exquisita fricción que me hacia delirar. Sentí ese hermoso, delicioso, deleitante y adictivo hormigueo nacer en mi parte baja y esparcirse rápidamente por todo mi cuerpo, estremeciéndome violentamente y mis piernas apretaban a Junsu con más intensidad hacia mi cuerpo.

Mi vista se nublaba, mis oídos se tapaban y sentía que perdía la cordura lentamente mientras llegaba desordenadamente sobre el abdomen de ambos. Sentí a Junsu estremecerse también y lo tomé por el rostro, besándolo abiertamente, dándole un beso tan obsceno como el que siempre me daba, ahogo un rugido en mi boca y yo un fuerte gemido, y sentí su miembro expandirse y contraerse rápidamente, diciéndome con eso que había alcanzado su clímax también.

Nos quedamos un rato más besándonos perezosamente, mientras dejábamos que nuestro malcriado orgasmo pasara. Se separó lentamente de mí y sus ojos oscuros se fijaron en los míos, como indagando en lo más profundo de mi cabeza, como queriendo saber que sucedía dentro de ella.

De repente entrecerró los ojos y volteó la mirada hacia la ventana, ladeando ligeramente la cabeza, e inmediatamente me soltó y caí de espaldas en la cama, se puso de píe y rápidamente se colocó sus bóxers y pantalones, tomo mi ropa y me la lanzó. “Vístete YA” me ordenó y yo en menos de un minuto ya estaba listo, la camisa tuve que dejarla a un lado, ya que ese imbécil la había roto.

“Que sucede?” le pregunté evidentemente preocupado por su cambio de actitud.

“Xiahki sucede” dijo y yo arqueé una ceja, qué tenía que ver el perro en todo?

“Ese maldito perro ladra si pasa una mosca, y ahora que lo pienso, tengo un buen rato sin escucharlo, y eso no es nada bueno,” explicaba. “Tenemos que salir YA mismo de aquí!”

Caminó apresuradamente hacia su camisa que se encontraba en el suelo, pero no pudo terminar de recogerla ya que súbitamente entró en la habitación un hombre de mediana edad, de cabellos negros y cortos, con lentes de pasta gruesa y traje negro.

“Xiah…” dijo el hombre. “Mezclando el trabajo con placer?” sonrió.

Yo me sentí perdido, de qué hablaba ese hombre y quien era?

En un abrir y cerrar de ojos tenía un arma apuntando en mi dirección, y con los ojos desorbitados debido a la impresión mire al hombre de negro, y luego a Junsu, el cual inmediatamente se interpuso entre el arma y yo.

“Lo siento Soo Man,” dijo Junsu. “Podemos hacer esto por las buenas, o…” ladeó el rostro encogiendo sus hombros, con aparente calma.

“El es mi blanco, Xiah,” respondió la persona de brillante traje negro con calma. “Y si tengo que pasar sobre ti…” dijo,  súbitamente dándole un golpe en la quijada a Junsu, tomándonos a ambos por sorpresa, haciéndolo caer sonoramente en el suelo. “Lo haré sin flaquear, tu mejor que nadie sabe cómo es este negocio, si no lo hago yo, enviarán a alguien más a hacer el trabajo, y junto a él caeré yo.” Dijo apuntando a Junsu con su pistola.

Sentí que el mundo de detuvo, y lo único que podía escuchar eran mis latidos, miré al hombre, luego a Junsu, luego miré a mis pies…

BANG!

El sonido ensordecedor de un arma de fuego al ser disparada hizo eco en la oscura noche.

Junsu yacía inmóvil en el suelo, y la sangre manchaba su cuerpo, mientras que el hombre colapsaba en una pila de carne muerta al lado de él, y yo sostenía entre mis manos el arma de Junsu, que al caer él al suelo, rodó hasta chocar contra mis pies.

Estaba horrorizado, pero no por lo que acababa de hacer, estaba horrorizado, por la falta de emociones. Se suponía que debería de sentir asco al ver tanta sangre junta, se suponía que debería de sentir miedo, culpa, terror, por haber matado a una persona, pero mi mente, cuerpo y alma carecían de ellos.

Lo único que me importaba era que el desgraciado de Junsu estuviera con vida.

Caminé hacia el cuerpo, aun apuntándolo con el arma y lo pateé ligeramente, cerciorándome de que si estuviese muerto. Junsu se sentó, apoyando sus brazos en sus rodillas y me miró con esa sonrisa lasciva que siempre tenía en el rostro. “Wow…” exclamó sin mucha emoción.

Lo miré y el arma pasó a apuntarlo a él directamente en la cabeza.

Junsu simplemente arqueo una ceja y dijo. “Me matarás ahora a mi? Preguntó con el mismo tono.

Baje un poco el arma y hale del gatillo.

BANG!

Otro disparo hizo eco, Junsu tenía sus ojos cerrados, pero permanecía en la misma posición. Los abrió lentamente, mirando hacia abajo, encontrándose con un hoyo en el suelo de madera a unos escasos cinco centímetros de su hombría.

“Si alguna vez pasa por tu retorcida cabeza aceptar dinero a cambio de mi muerte” dije entre dientes. “me aseguraré de llevarte conmigo al infierno, maldito.”

Junsu volvió a sonreír, pero esta vez fue una sonrisa completa, se puso de pié y se acercó a mí, tomando la pistola de mis manos. “Está bien Jae, no te mataré…” le colocó el seguro y la lanzó a la cama. “a menos que me paguen suficientemente bien” añadió con una sonrisa burlona e inmediatamente recibió un golpe nada juguetón en el brazo.

“Ouch…” exclamó.

“Te quejas? Si tengo entendido que te gusta el dolor…” dije copiando su mueca.

“… más si me lo infringes tú…”

…Ahora sé que tengo que huir, que tengo que escapar del dolor que me causas. Todo parece esparcirse en la nada. He perdido mis esperanzas, solo me doy la vuelta, no he podido conciliar el sueño por las noches, pero ahora estás ahí. Una vez corrí hacia ti, luego solo intentaba escapar de este vil amor. Ahora simplemente, no me importa, toma mis lágrimas, aunque no sea lo único… te amo, aunque me duela…

1 comentario:

  1. hola!!!
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